Domingo en lo de la abuela.
Domingo lluvioso. En el pueblo siempre amerita a bajonearse. De todas formas, nos juntamos igual en lo de mi abuela Rosa a almorzar en familia. Ninguno de los Sanguinetti iba a perderse por nada del mundo los tallarines caseros con tuco, con sabor a manos de abuela y amor infinito. Además éramos conscientes, aunque nadie lo dijera, que no serían eternas estas reuniones. Al abuelo lo despedimos hace ya quince años, y de vez en cuando lagrimeamos al recordarlo. Rosita pareciera ser la más fuerte de todos, pero vemos en sus ojos la nostalgia de no tener a su marido halagando cada preparación que lleva a la mesa. Sin poder movernos de la cantidad que habíamos comido, empezaron a irse de a poco cada uno a su casa a dormir la siesta, prácticamente un acto religioso e impostergable. Ayudé a mi abuela a ordenar y lavar todo lo que se había ensuciado. No tenía ganas de acostarme a dormir, sentía que era sumar más oscuridad a la tarde nublada....

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